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Existe documentación avalada por profesores e investigadores que indican los orígenes germánicos de algunas de las señas de identidad ansotanas.
De todos es sabido que el proceso de integración de cualquier “riberano” en determinados pueblos del Pirineo encuentra dificultades propias de aquellas sociedades en las que “linaje y estirpe” priman sobre todo lo demás. El profesor García Moreno ha estudiado y encontrado esta peculiaridad en la antigua sociedad visigoda.
Cuando J.J. Pujades y Dolores Comas cuentan la transmisión onomástica de abuelo a nieto en las casas ansotanas, el ejemplo elegido, la secuencia Antonio-Mariano, conecta con las secuencias Galindo-Aznar, García-Sancho, y Berenguer-Ramón típicas de la cultura goda o franca.
La fórmula para referirse a un linaje se habría resuelto con el prefijo “chan” que, procedente de alguna lengua báltica (ver Jurate Rosales en su libro “Los Godos”), significaría algo así como reunión o grupo familiar: Chanlorén, Changalé, etc.
Existen peculiaridades fonológicas apuntadas por María Pilar Benítez Marco cuando nos informa de que “el sistema consonántico del ansotano consta de un fonema más que el del castellano actual”. Es el prepalatal fricativo sordo en palabras como xarguera y buxaco, y se trata de un fonema medieval, no vasco.
Debo aclarar que en latín no había sonidos palatales, de forma que China era Sina o Catay, y al rey Chindasvinto le decían Khindasvinto. Tras un proceso evolutivo en el que también jugó su papel la pronunciación germana determinadas consonantes se palatalizaron. Por eso en las lenguas romances aparecieron los sonidos “cha, che, chi” que en el habla ansotana se consolidaron de una manera muy notable.
La mujer germana tenía “sus derechos”. Las reinas medievales no hubieran existido en una sociedad exclusivamente romana y cristiana. En los años 40 y 50 del siglo pasado había en mi pueblo mujeres amas de su casa que sin complejos y llenas de coraje se desenvolvían en medio de aquella sociedad machista y represiva. Eran la versión correcta y amable del tipo de mujer germana, porque la versión más extrema había sido encarnada por “una mullé de casa Malcaráu”, con hazañas equiparables a las de la terrible reina Fredegunda.
Dolores Comas dice que en el Valle de Ansó la riqueza " no se definía sólo con criterios de orden cuantitativo, cantidad de hectáreas, de ganado, etc. La palabra rico (del godo reiks) iba asociada a muchas ovejas, pero hasta el siglo XVIII se usó con el significado original de poderoso y no con el de acaudalado. El rico era o había de ser una persona fuerte, con iniciativa y/o cercana al poder. Su contrario no sería pobre (del latín pauper) sino “carcán”, una palabra ansotana de origen desconocido que expresa debilidad, falta de vigor y decrepitud. Estos matices se perciben en las conversaciones de los muy mayores cuando comentan, por ejemplo, que “a os ricos les valeba que teneban agarraderos, pero también pasaban miseria”.
En Ansó y en Roncal se ejercía lo que los tratadistas llaman “la soberanía doméstica”, un tipo de autoridad de cuño germánico. Consistía en que el amo, además de ordenar, aconsejaba a los criados y éstos le escuchaban de buen grado. Todos sentados a la misma mesa les repartía la comida al tiempo que escanciaba la bebida (del godo skankjan), invitando a los comensales a tomar la bota o el porrón. Y es que la referida soberanía doméstica, nada tenía que ver con la organización social gentilicia de los vascones, ni con la sociedad esclavista de los romanos. Un criado, pues, no era ni un esclavo ni un tión, sino un individuo con una relación de dependencia pactada.
También es de origen germánico la adjudicación por sorteo de los pastos de verano. Julio César y Tácito observan este proceder en las tribus al otro lado del Rhin y del Danubio, y así lo cuentan en sus obras.
Johannes Bühler refiere el derecho sagrado a casa y huerto que en la sociedad germana tenían los varones casados. Mientras, Tuñón de Lara y García Moreno informan de la disposición de los huertos familiares en las aldeas germanas, agrupados y/o pegados a las casas, algo que en Ansó es todavía observable.
Cabe señalar que la palabra “ganado” es de origen godo y se refiere a los animales que comen hierba con avidez. En Ansó llamaban ganaderos a los tenían ovejas, quizás porque las vacas, menos voraces, no merecían el nombre de ganado.
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